Por David Seguí Durán

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El término Salud Mental ha llegado a adquirir en nuestros días una predominancia en el discurso social y en el marco de la sanidad general. La OMS calcula que para el 2.020 las patologías psiquiátricas serán las enfermedades que mayor discapacidad produzcan. Un informe de la OCDE señala que las enfermedades mentales, como la depresión, supone ya un coste del 4% del PIB para los estados miembros.  España es el país europeo con las tasas más altas de síntomas depresivos en población de edad avanzada. Se estima que un total de 1.868.173 personas sufrió esta “enfermedad” en 2013.

En los últimos años estamos presenciando un considerable aumento de las personas que demandan ser atendidas por problemas de salud mental y de los recursos atencionales dedicados a los mismos, llegándose a hablar ya incluso de la “epidemia del siglo XXI”. Se ha producido un incremento en la percepción subjetiva de presentar trastornos psicológicos y un alto porcentaje de las y los españoles recibe o ha recibido alguna clase de tratamiento psiquiátrico. Según la encuesta nacional de salud del 2011, un 14,6% de la población adulta declaraba haber padecido algún problema de depresión o ansiedad en los últimos 12 meses. Paralelamente y en consecuencia, el consumo de psicofármacos, especialmente ansiolíticos y antidepresivos han aumentado de forma exponencial en los últimos años, siendo las benzodiacepinas los segundos en la lista de fármacos más recetados por detrás de los AINES. Por citar algunos datos aportados por el ministerio de sanidad, se ha triplicado el consumo de antidepresivos y duplicado el de ansiolíticos en los últimos diez años, sin contar las prescripciones de las consultas privadas.

Los múltiples cambios producidos en la denominada postmodernidad, en donde se han desarrollado políticas neoliberales que fomentan el individualismo, la competitividad, el consumo masivo y la consecuente pérdida del sentimiento de pertenencia  a la comunidad o a una vida colectiva, posiblemente han contribuido en su producción. Hemos pasado en no mucho tiempo de una dictadura represiva, en donde la obligación de pertenencia era lo patológico, a una sociedad líquida, etérea y sin referentes sólidos dentro de un proceso creciente de fragmentación y precarización social. El distanciamiento del sujeto de las estructuras políticas y sociales que producen y modulan sus condiciones de vida provoca en el individuo cambios que elevan sus ideales de autonomía. Es así por tanto que la salud y el bienestar individual a toda costa se ha convertido en un producto más dentro del mercado y con una oferta y una demanda que desborda los límites de la sanidad. Se ofrecen píldoras maravillosas que nos pueden hacer felices, suprimiendo cualquier sentimiento de angustia o tristeza por legítimo y adaptativo que sea, por lo que ya no cabe sufrir por nada ni por nadie. La privatización ha llegado incluso a ocupar el espacio personal, luchando a toda costa por sentirnos únicos e irrepetibles y exhibir una vida privada merecedora de continuos elogios en el escaparate de las nuevas tecnologías. La vida se sustenta entonces en un hedonismo epidémico, en luchas de poder vacías de contenido social y político, luchas en donde el único derecho reivindicado es el de ser feliz a toda costa. Estas ideas hacen gala de una sociedad capitalista-neoliberal, en donde el engranaje perfecto nos lleva a la delegación de todo espacio común a estructuras político-financieras que supuestamente nos representan y cuyo último objetivo es su beneficio económico sobre el factor humano y la conquista de los derechos.

El sujeto despolitizado, desposeído del contexto social que lo sostiene y encarna, es un sujeto frágil y fácilmente psicologizado. La producción o creación de nuevas subjetividades en el contexto actual de profunda crisis socio-política, posibilita una visión individualista del malestar y la continua búsqueda de las causas en un inagotable mundo interno, siendo entonces explicado el fracaso desde una mala autogestión de lo íntimo en un mundo lleno de posibilidades y en donde el bienestar es eternamente prometido y al alcance de todos. El perverso y rentable resultado, por tanto, es un sujeto desempoderado, despotenciado y, lo que es peor aún, convencido de ser el último responsable de su lamentable situación. TheKufi de para punto hombre Gorro rp7qxr

Cuando nos referimos a un proceso de psicologización estamos haciendo alusión al desplazamiento de los problemas de índole social-contextual a un espacio interno-subjetivo desde donde pensamos-interpretamos el mundo, colocando al individuo y a los aspectos individuales en un campo aislado y cosificado fuera de la realidad circundante. De otra manera, hablar de psiquiatrización supone hablar de la patologización del sufrimiento y las emociones, colocándolos en la categoría de enfermedades biomédicas susceptibles de tratamiento farmacológico (medicalización). Este fenómeno contribuye de nuevo a la desconexión del individuo de sus problemas dentro de un modelo biológico reduccionista  comprensivo de la realidad.

Podríamos considerar un nuevo y rentable mercado relacionado con estas “pseudoenfermedades de la psique” que está calando enormemente en la sociedad desde la generación y construcción de subjetividades y narrativas en torno a la patología mental. El concepto de trastorno mental, cada vez más vago e impreciso y el continuo desarrollo de diagnósticos que descontextualizan de la biografía y el marco socio-político del individuo, ha contribuido al fortalecimiento de un modelo reduccionista de orientación biológica o psicológica. Es así que dichos procesos de psicologización-psiquiatrización tienen calado en una sociedad postmoderna en donde “depresión” y “ansiedad” aparecen como condiciones básicas de “estar en el mundo” contemporáneo, ocupando un lugar significativo en el discurso cotidiano. Sentirse ansioso o triste es los menos que puede sentir el sujeto postmoderno, un sujeto frágil, perdido, desvinculado de los otros, ansioso por alcanzar un bienestar que no llega y con una mirada infinitamente deseante. ¿Podríamos hablar entonces de un cambio en la psico(pato)logía del sujeto postmoderno?...

Ante este desolador panorama, una sociedad terapéutica está garantizada, la continua búsqueda de expertos del alma que nos guien en este lecho apocalíptico y vacío de ideales. Pero, en mi hipótesis, los tratamientos o intervenciones no siempre producen efectos deseables o positivos. Tratar o realizar intervenciones clínicas innecesarias, ya sean farmacológicas o psicoterapéuticas, pueden producir enormes perjuicios en el individuo, tratando así a personas sanas que pueden tener problemáticas sociales pero no sanitarias. En este sentido, muchas intervenciones se considerarían innecesarias e incluso iatrogénicas, desempoderando a la persona y reduciendo su problemática a una nosología o categoría psicopatológica. Siendo así, son los expertos del mundo “psi” los encargados de categorizar y tratar a las personas sufrientes según sus síntomas, interpretando su malestar como una cuestión personal alejada de la realidad que le aplasta y asfixia.

La enorme complejidad y lo pernicioso del fenómeno planteado hace necesaria una profunda reflexión-acción, promoviendo para ello espacios desde donde analizar y repensar qué nos está pasando actualmente. Continuar el proceso de recuperación de los espacios perdidos, promover o desarrollar líneas de fuga o buscar vías alternativas a la mercantilización de los malestares sociales, implica también salirnos del discurso médico hegemónico y del experticismo imperante que nos inmoviliza. Pero… ¿cómo nos salimos de la figura del depresivo? ¿cómo gestionamos la ansiedad que nos produce la precariedad impuesta por el estado? ¿cómo escapamos al control mercantilista y a la continua privatización de los estados del ánimo? ¿cómo nos convertimos en agentes de cambio y en potencia cuando nos sentimos continuamente despotenciados por el propio sistema? ¿cómo nos salimos del discurso psicológico, del inagotable mundo interior, cuando nos impregna y al mismo tiempo nos seduce?

Una forma plausible de salida sería desempoderar a los agentes que gestionan y controlan el bien común para el beneficio propio y no de todos, siendo posible así recuperar los espacios de pertenencia. En este sentido, son muchos los ejemplos que hasta la fecha se han ido desarrollando desde la ocupación de las plazas en 2011, abriéndose procesos de reapropiación de los bienes públicos y democratización de la ciudadanía. Las mareas, la PAH, las corralas, los yayoflautas, las asambleas de barrios, el movimiento por la democracia, la irrupción de nuevos partidos políticos, etc, son potentes movilizaciones y claros ejemplos de este proceso de recuperación. Empoderarnos como ciudadanos no es tarea fácil en un sistema de mercado en donde lo que impera en la victoria del “YO” por encima del “nosotros”. Desde una postura de la psicología crítica “despsicologizar” debería de ser el fin último de cualquier intervención para empezar este cambio necesario, siendo el síntoma una alarma que debe ser escuchada por los terapeutas como señal de un sistema que no funciona, de una sociedad injusta que nos lleva inevitablemente al precipicio de la angustia y el miedo. Trabajadoras y trabajadores maltratadas en sus puestos de trabajo y poco reconocidas, mujeres desbordadas y asfixiadas por las desigualdades de género, niños que se agitan en aulas denunciando la crisis del Sistema educativo y la injusticia de un Sistema que los deja fuera del Sistema, mujeres aquejadas de dolores por no poner en palabras el sufrimiento de vidas aletargadas y silenciosas, depresiones posparto en mujeres que reaccionan con tristeza a partos dirigidos, instrumentalizados y mal-tratados… Estos y un sin fin de personas que acuden a lo que Rendueles llama el coche escoba de la sociedad, a las acreditadas y saturadas Unidades de Salud Mental contemporáneas.

SE ABRE EL DEBATE…

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